No Creáis a Todo espíritu…

Ahora que salió a relucir el diezmo y la ofrenda debido a los cambios a causa del contagio covid-19, no faltan contenciosos que quieren cruzar la t’ y ponerle el punto a la i’. De todos modos, no somos contenciosos. Pero el dar diezmos y ofrendas tiene mucho más que ver con la eternidad que con la Ley de Sinaí. Es un asunto de honor que se demostró antes de Moisés, por medio de Abraham y Jacob, por mencionar el principio. Y que quedaría mucho después; es más, se convertiría en la naturaleza de todo hijo e hija de Dios. La carta a los Hebreos menciona el diezmo de Abraham siete veces, de hecho en el capítulo siete. Tipificando en Melquisedec quien lo recibe, y representando a Aquel que vive para siempre. El diezmo, más que un mandamiento, es una bendición con repercusiones eternas. El Espíritu Santo y con quien hemos sido bautizados y sellados por fuego, da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos entonces también herederos de todas Sus promesas. Como hijos es un honor poder traer nuestros diezmos y ofrendas a la casa de nuestro Padre celestial, el Eterno. No confundamos esto con la bendición de traer en ocasiones una ofrenda para los santos, como pidió Pablo. No saquemos la Palabra de su contexto. Apliquemos la formula de Dios y todo cuadra perfectamente. Aun así, Dios ama al dador alegre. Si no te nace traer tus diezmos y ofrendas a la Casa de Dios, entonces no lo hagas. Dios no necesita más bendición y honor de la que le pertenece a él por atributo divino. No obstante, lo que fue presentado en el altar no era para Su uso personal. Era para regresártelo a ti y a tu familia, multiplicadamente. Obediencia quiero, no sacrificio, dice el Señor.

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